El señor del Lulo

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El señor del Lulo

Creo que corría el año 2002 o 2003 y yo estaba como en tercer semestre de la universidad. Tenía 19 años y acababa de descubrir a qué sabía la frambuesa; ese era uno de los “bonus” de mi trabajo temporal en una tienda de fruta congelada, un sitio minimalista, blanco y, obviamente, frío.

Trabajaba los domingos y los lunes, que me venía perfecto porque no tenía clase. Eran días muertos, con poquísima gente, así que me la pasaba adelantando lecturas. Eran esos tiempos donde solo la gente con mucha plata tenía celular, así que mi única distracción real era hacer la tarea. Con lo que me pagaban me costeaba los buses de la semana y compraba fruta con descuento.

La tienda era impecable: las neveras, la caja y yo. Usualmente caían los proveedores a llenar stock y dejar la factura, y también, muchas veces, a cobrar. Mi papel ahí era básicamente dar la cara y decir que los jefes no estaban. Me daba una pena horrible, pero pues no era mi deuda.

En esas conocí al “Señor del Lulo”. Un señor campesino, con su pantalón de paño, su camisa bien puesta pero mal abotonada, sombrero y su saquito de lana; era súper amable, como la mayoría. Como a la tercera vez que me vio ahí metida coloreando fotocopias, me preguntó qué era lo que yo leía tanto. Yo, toda entusiasmada, le eché el cuento de lo que estaba leyendo, posiblemente sin ninguna claridad. El señor no me entendió ni la mitad, pero era un tipo culto, de esos que escuchan de verdad. Cuando le conté bien lo que estudiaba, ya entramos en conversación. Se notaba que le daba un mal genio tenaz que no le dejaran su pago ni una razón concreta, y siempre me preguntaba cuándo venían los dueños. Yo le decía que ni idea, que yo era la que cerraba la tienda ese día.

A veces el señor se ponía a preguntarme cosas de mi vida y, la verdad, a mí me generaba desconfianza. En la selva de cemento una mujer debe saber desconfiar por su propio bien. Me ponía a disociar, marcaba distancia y le buscaba la argolla de matrimonio al tipo para ver por dónde venía la cosa. A uno le enseñan que esa preguntadera no es de fiar, que uno no habla con desconocidos.

Un día el señor quedó claramente embejucado. Otra vez no había pago para su lulo y él sí era puntual con la distribución. Me miró, sacó unos billetes de dos mil (que en esa época servían para algo) y me los tiró en el mostrador:

Tome, para sus transportes —me dijo, como a forma de regaño —. ¿Usted sí saca buenas notas?

—Sí, señor, pues normal. Hago la tarea. Sí. —le respondí con mucha sorpresa, sin pensar, ajetrada.

Yo me quedé con la boca abierta. Por un lado, la desconfianza que ya traía, pero por otro... pues al final fue una gran ayuda, sin esperar nada a cambio. Al principio era muy incómodo, pero él dejó la preguntadera, solo me hablaba de la universidad, aveces sí le dejaban el pago. No importaba si a él le pagaban o no, o qué tan molesto saliera de la tienda, cada semana me dejaba lo de mis buses. Era mi subsidio de transporte personal, una ganancia que yo sentía que no me merecía, un regalo absoluto.

Dejé de trabajar ahí cuando se acabó el semestre. No recuerdo su nombre y hoy, años después y viviendo tan lejos del lulo, todavía lo pienso con un agradecimiento. Pienso que ese señor ya debe ser abuelo o bisabuelo. Me lo imagino en una finca, revisando muchas cosechas, con una familia grande.

Cada vez que pierdo la fe en la generosidad de la gente, me acuerdo de él. Me recuerda que, aunque no hay que ser inocente, a veces sí hay gente generosa y amable porque sí, sin esperar nada a cambio. Ojalá la vida le haya devuelto con creces todo su trabajo y generosidad.

Si me lees: consume lulo, consume frutas que ayuden directamente a los campesinos. A veces, en la selva de cemento, hay que desconfiar por instinto; pero otras veces, como decía Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo, se puede depender de la bondad de los desconocidos.

Señor del Lulo: donde quiera que esté, gracias.

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La imagen es una creación de IA (AI, KI), esta vez creada con Gemini.