Un descenso técnico

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Un descenso técnico

Silke era, en una palabra, brillante. Nuestra relación nació en las aulas de clase. Ella había vivido y trabajado en varios países, hablaba idiomas, tenía un cargo de responsabilidad y, a diferencia de muchos otros compañeros, ella sí se abría a estudiar con extranjeros. Yo premiaba el aceptar ese reto llevándole burritos o tacos del restaurante en el que trabajaba cuando nos reuníamos a estudiar.

Cuando me ofreció la práctica en su oficina, sentí que había ganado la lotería cultural. ¡Una mentora! ¡Un pie en el mundo corporativo alemán! Pero cuando empecé la práctica con ella, la dinámica cambió. A veces me invitaba a un café para explicarme qué tocaba mejorar; me mostraba lo que debía mejorar, yo sentía que, aunque entendía las palabras, me faltaba el contexto. Ella hacía un esfuerzo visible por explicar, y yo me sentía apenada, sin terminar de descifrar qué quería exactamente de mí. El trabajo era interesante, pero abstracto, y yo me sentía más perdida que un daltónico frente a un semáforo.

En ese entorno conocí el lema: “Kein Feedback ist ein gutes Feedback”. Básicamente, la forma alemana de decir: “Si no te estoy corrigiendo, es porque lo estás haciendo bien”. Pero lejos de ser una brújula para una migrante, esos silencios lo dejan a uno en una incertidumbre tal, que no sabes si es que no importas o si estás sentada sobre una bomba de tiempo.

En medio de ese desasosiego, de ese descenso laboral, llegó el almuerzo. Había una colega que tenía el carisma de un bloque de granito y la expresividad de una hoja de cálculo. A veces se sentaba conmigo, con una interacción mínima y yo no entendía por qué, dado que por lo general la gente prefiere sentarse sola a comer. Un día, yo, en mi infinita búsqueda de conexión humana, le conté mi aventura del fin de semana: estaba aprendiendo a esquiar, me caí mil veces y ya muy cansada y frustrada, en un acto de pura autocompasión, decidí que mis rodillas y mis nervios valían más que el orgullo. Así que me quité los esquís e hice el descenso de la montaña caminando.

Yo esperaba de ella una risa, un comentario gracioso o una anécdota empática. O sea, yo se lo conté entre risas. Pero la cara de esta chica no era normal; creí que entendió que yo había matado a alguien. Yo me explicaba más, dando detalles, porque no entendía su reacción, pero ella simplemente paró de masticar, se llevó la mano a la cara y con la otra me paró y susurró con un horror que solo un alemán puede expresar: —“Oh, wie peinlich! Wie schlimm! Erzähl das niemand!” (¡Ay, qué vergüenza! ¡Qué terrible! No se lo cuentes a nadie).

Me quedé esperando el remate del chiste, pero no llegó. Al llegar a casa le conté angustiada a mi novio: “¿Qué hice mal? ¿Hice mal en contarle? ¿Me van a deportar?”. Él, por supuesto, se sorprendió y me explicó que no veía el problema, que eso es algo que pasa y es normal. Le conté cómo le conté a ella pero no había nada que aclarar. Pero en esa mesa de almuerzo, yo me sentí desarmada y un tanto humillada por un pecado que desconocía. Este es un ejemplo claro y hasta bobo de cómo ciertos detalles nos dejan a los migrantes con una sensación de vulnerabilidad sin precedente, sin explicación, sin sentido.

Al final, la práctica terminó y, obvio, no hubo renovación. Me fui convencida de mi propia ineptitud y falta de conexión con los alemanes en un entorno laboral. La maestría se terminó también, así como la relación con Silke, quien en las últimas clases no disimuló su fastidio al verme.

Años después, en un reencuentro con mis compañeros de la universidad, llegó la “palmadita en la espalda” que tanto me hacía falta. Me preguntaron por Silke y, con tristeza, les conté lo mal que sentía que había trabajado. Al escuchar mi pequeño calvario, se reían y hubo frases: “Ella era increíblemente arrogante con todo el mundo”, “Yo no me le hubiera medido a trabajar para ella” que me hicieron sentir menos perdedora. Me confirmaron que ese estrés y esa fachada de perfección eran la norma, y que ellos habían tenido experiencias similares en sus trabajos.

En ese momento le hice justicia a Silke. Les dije que ella, al menos, asumió el reto de trabajar conmigo. Ellos siempre fueron amables, sí, pero no se me midieron a subir la montaña conmigo por miedo a un mal descenso. Lo confirmaron: en un estudio sobre interculturalidad, ellos no se tomaron el tiempo ni aceptaron el desafío para el descenso técnico que implica enfrentar y vivir lo diferente.

Eso me hizo pensar que muchos descensos son clave en la travesía si se quiere llegar a la cima. Hay diferentes formas de bajar, así como las hay de subir; puede haber estrategia, continuidad, perseverancia o simple fluidez. Al fin y al cabo, todo lo que sube tiene que bajar, así que el descenso técnico, más que necesario, es obligatorio. Yo no lo pensé en ese momento, solo seguí. Y hoy mantengo una ruta sin meta: con los esquís al hombro, sobre ellos, descalza o con zapatos prestados, pero siempre evitando congelar mi existencia.

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La imagen es una creación de IA (AI, KI), esta vez creada con Gemini.