Un baile inexplicable
Created: | Updated:Estrasburgo suele oler a romero y a las aguas del Ill; a veces, también, a una mezcla de humedad estancada y ese olor metálico que siempre llega antes de las desgracias. Pero este año, el aire se puso pesado, cargado con el sudor rancio de los que sufren; nuestra ciudad, con sus torres de piedra roja y esas casas de madera que parecen vigilarse unas a otras, en menos de un mes se ha vuelto una jaula de ecos. Desde la ventana del escritorio donde escribo, miro la plaza ahora vacía; parece que todo fue una pesadilla, pero las manchas de sangre seca entre los adoquines me recuerdan que fue muy real.
Soy Margarethe, hija de un impresor y cronista. Mi padre se está quedando ciego y ahora solo logra investigar cuando el sol da de lleno, porque ya no tenemos velas suficientes para iluminar sus libros. Como no me es permitido ser una pluma oficial, me he convertido en su rastro; en esta "Ciudad Libre Imperial", escribo lo que vi para que su oscuridad no sea también olvido.
Todo empezó con Frau Troffea en la Rue du Jeu-des-Enfants. Salió a la calle y empezó a moverse sin pausa, sin alegría ni ritmo, con una mirada fija que daba miedo. Al principio los vecinos se reían, pensando que había bebido de más, pero cuando sus pies se volvieron carne viva y más gente se unió, las bromas se acabaron. En menos de un mes eran cientos; bailaban sin música, sin dormir ni comer, como si un motor invisible e inexplicable les moviera los huesos.
Mi padre sospechó que esto no era algo místico, como se suele justificar todo por aquí. El bibliotecario, nuestro amigo más fiel, trajo registros de otros tiempos; esto ya había pasado en 1237 y 1374. Algunos hablaban de la "Maldición de San Vito", pero si era un castigo de Dios, ¿por qué solo le daba a los pobres? ¿Por qué no bailó ni un solo noble de la corte de Maximiliano I? Mientras el Emperador se viste de oro, los niños de Estrasburgo mueren con los pies rotos; no es cosa de santos, es un baile que no tiene lógica alguna.
Investigamos la teoría del pan. Muchos creen que es el "Fuego de San Antonio", causado por un hongo que crece en el centeno cuando el clima es húmedo. Dicen que ese hongo envenena la sangre y hace que la gente alucine, pero mi padre lo descartó; el veneno del centeno estrecha los vasos sanguíneos hasta que la sangre deja de llegar a las manos y pies, provocando que los dedos se pongan negros por la gangrena y se caigan como ramas secas. Era imposible que bailaran así con los miembros pudriéndose. Tampoco era la sífilis, aunque la gente le tenga un terror sagrado; esa enfermedad no atrapa a cuatrocientas personas de golpe. Quizás, el miedo a morir por la "gran pústula", sumado al hambre, fue lo que terminó de romperles la cabeza.
Las autoridades, en un despliegue de ignorancia, trajeron músicos para "curarlos". Pusieron tarimas y gaitas, creyendo que el ritmo calmaría la locura, pero solo echaron leña al fuego. Vi a hombres y mujeres caer por puro agotamiento, con los pulmones ardiendo y el corazón desbocado; la muerte no llegaba rápido, era un proceso lento de cansancio donde el cuerpo simplemente se apagaba mientras seguían moviendo los hombros o las manos en el suelo, incapaces de detener la inercia del espasmo. Fue un espectáculo cruel.
A los sobrevivientes se los llevaron a los Vosgos con zapatos rojos bendecidos, como si el color pudiera tapar la sangre. El obispado dijo que la prueba divina había terminado, pero mi padre supone que pudo ser una epidemia de la mente, una psicosis colectiva alimentada por el miedo y la desesperación.
Lo llamarán Tanzwut, lo estudiarán en libros como una histeria o una leyenda. La ciudad querrá olvidarlo, pero mientras el mundo pese tanto como este verano y no entendamos por qué pasó, puede que esta pandemia nos vuelva a obligar a bailar.
