'' ≡ ¿Un adiós, Purpuzombies?
''
¿Un adiós, Purpuzombies?

¿Un adiós, Purpuzombies?

Created: | Updated:

Ya no necesito una máscara respiratoria para salir a ver los verdes infinitos de la minha floresta, de esta Mãe Natureza que nos protege y alimenta. Aquí nunca dejamos de escuchar los millones de sonidos de aves e insectos, pero las ciudades sí dejaron de oír los ruidos del movimiento urbano que las acompañaba. Escribo esto desde la estación de investigación en la que crecí, casi escondida hasta hace poco, al lado de mi padre biólogo y mi madre biotecnóloga. Utilizo un sistema de radio satelital que funciona con energía solar para enviar la señal directamente a las redes de datos cerradas que aún quedan en las cuarentenas de hormigón, para que sepan que la vida aquí continúa.

El mundo exterior ya no es el mismo. El calentamiento global convirtió las ciudades en hornos insoportables y los lagos en focos de infecciones bacterianas severas. En medio del colapso, el ser humano, desesperado, miró a la selva en busca de una solución y creyó encontrarla en el Purpureocillium atlanticum.

Ese maravilloso hongo, tal vez ancestral, vivía discretamente en una relación estrictamente parasitaria con las arañas de trampilla, de la familia de los ctenízidos. El proceso es fascinante y aterrador: las esporas del hongo se adhieren al exoesqueleto de la araña y lo penetran mediante enzimas. Una vez dentro, el micelio consume los órganos internos y libera químicos que manipulan el sistema nervioso de la araña. Obligan a la araña a abandonar su madriguera subterránea y subir a un lugar alto y expuesto. Allí, la araña muere fijada por el hongo, y el cuerpo fructífero brota de su cadáver para esparcir nuevas esporas.

Los laboratorios farmacéuticos, en su carrera por silenciar inflamaciones causadas por cepas bacterianas nuevas, alteraron su estructura para usarlo como vector inmunológico. No contaban con el calor, ni con el sudor, ni con que el cuerpo humano, sobrecalentado, se convertiría en un invernadero perfecto para sus esporas. El hongo nunca fue una amenaza para el ser humano en su estado natural, la Mãe Natureza siempre tiene sus equilibrios. Por eso no previeron lo que pasaría.

El proceso en humanos fue brutal y rápido. Las personas infectadas no morían de inmediato, sino que sufrían transformaciones internas aceleradas mientras el micelio violáceo crecía bajo su piel. Las glándulas sudoríparas se volvían canales de dispersión, y el sistema nervioso se convertía en blanco de compuestos químicos que inducían una conducta errática: buscar humedad, excavar, huir del sol, sobrevivir al calor como fuera. Y entonces los nombramos: los Purpuzombies.

Eran cuerpos cubiertos por una armadura de micelio violáceo que vagaban sin rumbo, buscando lugares frescos, túneles, sótanos… y morían rápidamente. Se desintegraban, pero no sabíamos si dejaban esporas. Por eso, los juntamos en parques, estadios, hectáreas de pasto, y allí se acostaban cuando no podían deambular más, y sus cuerpos se extinguían en pocas semanas.

El contagio era limitado, pero en ese momento no se sabía bien qué ocurría. Había tanta desinformación, tantos intereses económicos, tanta negligencia, tanta falta de solidaridad, que fue imposible entender en el día a día qué pasaba, cómo cuidarnos o cómo resolverlo. Hoy sabemos que se transmitía si alguien respiraba las esporas de un cadáver o tenía heridas abiertas en contacto con micelio activo. Cuidarnos los unos a los otros y buscar lugares frescos, crear espacios fríos, hubiera sido suficiente. Pero el miedo, el pánico y la manipulación fueron absolutos. Era entendible. Todavía tenemos pesadillas con las imágenes de las mutaciones humanas, con el sonido, el olor, el color de los Purpuzombies.

Curiosamente, allí donde juntamos a los Purpuzombies, donde ellos cayeron y se desintegraron, es donde ahora crece la mejor hierba, los mejores árboles, las flores más bellas.

Con la humanidad replegada, los árboles y el pasto reclamaron el hormigón. Los ríos dejaron de recibir venenos. Las plantas comenzaron a limpiar los suelos. El aire volvió a circular. En pocos años, el ciclo se reequilibró. La temperatura bajó. La humedad se estabilizó. El hongo, sin condiciones ideales, dejó de propagarse.

Como muchos, quiero compartir mi registro y mi aprendizaje. El respeto por lo sagrado de la Mãe Natureza no es una opción: es el único camino posible. Es más, obligatorio. Sin embargo, no bajo la guardia, porque los humanos siempre repetimos los mismos errores. Tal vez el "adiós" a los Purpuzombies no sea definitivo. Tal vez solo sea un hasta luego.

Sígueme como Garabateando en Substack.com --> Haz click aquí mismo para ir a mi portal.

La imagen es una creación de IA (AI, KI), esta vez creada con Gemini.