¿Cuál es la mano que da de comer?
Created: | Updated:Esta es una historia sobre trabajo, poder y sobre quién, en realidad, alimenta a quién.
Lo que les voy a contar es fácil de imaginar porque le ha pasado a muchos. Lastimosamente. Yo estaba muy contenta en un trabajo nuevo que me encantaba, con una jefa con la que hacía full clic. Tenía esa ilusión del recién llegado, esa en la que uno cree que el mundo es una meritocracia gigante. Estaba tan comprometida que hacía horas extra gratis, desarrollando proyectos y aprendiendo; básicamente, me había vuelto a enamorar de un cargo laboral.
Me había pasado siempre en Colombia, me pasó en Alemania, y el patrón de conducta se repetía. En cada cargo veía una oportunidad y, claro, una se entrega con confianza porque piensa: “Estoy en la tierra de la eficiencia y del derecho laboral regulado”. Pero, ¡oh, sorpresa!, ningún orden alemán te salva de la ordinariez humana de quienes se creen dueños de las personas.
El idilio se marchitó rápidamente. Verán: esta empresa tenía un aire de superioridad que, al principio, era difícil de señalar con el dedo. Como por mi lado todo iba viento en popa —trabajaba medio tiempo y me insistían constantemente para que pasara a tiempo completo—, era fácil autoengañarse.
Es la trampa de la agresión pasiva: te hacen sentir especial mientras, por debajo, ignoran procesos técnicos si contradicen sus caprichos, se saltan formalidades legales con una sonrisa flexible y validan micromachismos entre colegas como si fueran simples bromas. Era un elitismo silencioso, de esos que no te gritan, pero que te hacen sentir que las reglas son para los demás y los privilegios para ellos.
El clímax llegó cuando mi project manager, una mujer brillante y competente, se enteró de su propio despido mientras transcribía una reunión de junta. Imagínense la escena: cumplía con una tarea rutinaria de protocolización y, mientras escuchaba el audio para escribir el acta, se encontró con los dueños burlándose de ella, de su desempeño y de su persona, mientras planeaban cómo deshacerse de ella.
Cuando, con toda la dignidad del mundo, los confrontó, no recibió ni una disculpa por las burlas. Solo un frío: “Ah, sí, ya que te enteraste, te vas”. Y, por supuesto, sin indemnización.
Ese fue el piloto de la película en la que yo estaba participando. Al ver más irregularidades —el maltrato a la secretaria, el desprecio por los protocolos de protección de datos—, mi alarma interna empezó a sonar como sirena de bombardeo.
Como freelancer, mi único escudo era un acuerdo verbal y, después de ver cómo trataban a los demás, necesitaba algo que comprobara que eran gente decente. Necesitaba un papel que los obligara a serlo.
Lo pedí. Y ahí fue cuando la realidad superó a la ficción. Cuando por fin me entregaron el borrador del contrato, mis provisiones habían sido reducidas a la mitad sin previo aviso. De buena fe, pensé que era un error, pero su respuesta fue una perla:
“No es un error, es que el nuevo sistema te va a facilitar tanto la vida que vas a ganar igual o más”.
El pequeño detalle es que ese sistema no estaba implementado aún y no daría resultados por lo menos en seis meses. ¿Y cómo estaba yo tan segura? Porque adivinen quién era la persona del equipo que estaba trabajando con IT en ese mismo sistema, en sus horas extra de regalo: sí, yo.
Intentaron venderme mi propio humo para justificar pagarme la mitad.
Aquí vino mi pecado original: en mi infinita inocencia y respeto por la ley, les dije que, hasta no llegar a un acuerdo justo y claro, pausaría mis actividades. Invoqué lo que en el derecho alemán se conoce como Zurückbehaltungsrecht (derecho de retención).
Básicamente: si tú no cumples con lo acordado, yo tengo el derecho legal de no entregarte mi trabajo. Es la base de cualquier contrato profesional, desde uno verbal hasta uno escrito. Pero para ellos, que yo conociera mis derechos fue una declaración de guerra.
El síndrome de la mano mordida
En muchos países —como en mi Colombia querida—, varios jefes aman decir: “No muerdas la mano que te da de comer”. Analicémoslo: tú aportas tu cerebro, tu educación, tu ambición y tu tiempo para que tú comas, para que tu jefe coma y para que el sistema funcione.
En realidad, ¡tú eres la mano que alimenta! Sin empleados o colaboradores, el “jefe” es solo un señor con un título elegante en una oficina vacía.
En alemán, esta inversión de poder es casi un chiste lingüístico. Tenemos al Arbeitgeber (empleador, “el que da trabajo”) y al Arbeitnehmer (empleado, “el que toma trabajo”). El lenguaje nos dice que el Geber es el santo generoso y el Nehmer, el afortunado que recibe la bendición. ¡Pero está invertido!
Un amigo austriaco me explicaba: el empleado es quien realmente da su vida y su talento (el Arbeitgeber real), y la empresa es la que toma ese valor para generar riqueza (el Arbeitnehmer real).
El elitismo sobrevive porque nos han hecho creer que debemos agradecer el “privilegio” de ser usados por personas y empresas que, a menudo, ni siquiera entienden el trabajo que hacemos.
La pataleta de la élite
Cuando puse límites, no hubo negociación. Negociar requiere reconocer al otro como un igual, y esta gente solo ve súbditos. Se ofendieron de una forma casi infantil.
Me enviaron mensajes de voz diciéndome que yo era la persona más “incorrecta” del planeta, que lo que estaba haciendo “no estaba bien”.
Una de las jefas, una señora con la que yo nunca había cruzado palabra, sacó todo el arsenal del clasismo, reclamándole a los colegas: “¿Quién se cree que es?”, “Nosotros somos su cliente, tiene que hacer lo que digamos”, “¿Qué cree que puede llegar a hacer?”.
Es el mismo fenómeno de los políticos elitistas: empleados del pueblo que se creen una oligarquía intocable y se indignan cuando el “patrón” —el ciudadano— les pide cuentas.
Al final, mi jefa directa intercedió. Les recordó que hasta ese momento estaban muy contentos con mi trabajo, que me necesitaban, que yo era su mano derecha. Ante eso, el dueño, en un acto de “magnanimidad”, dijo que yo podía continuar.
Pero no acepté. No como un acto de orgullo, sino porque, ante tanta agresividad y bajeza, la confianza se había roto para siempre. No puedes volver a cocinar con amor para alguien que ya demostró que te quiere ver pasar hambre.
Perdí el trabajo. Rayos. Sí, otra tusa laboral para la colección. Pero tuve que entender algo importante: si después de una situación así te sientes culpable y esa sensación de “hice algo mal” te persigue, detente.
Revisa. Reflexiona. En muchos casos, no hiciste nada malo. Tu único “error” fue tener la osadía de respetar las reglas frente a gente que se cree por encima de ellas.
Consulté a un abogado y me dio la razón, pero esa pelea implicaba tiempo y, claro, dinero.
Al final, la clave de un buen liderazgo la resume bien Jim Goodnight:
“Si tratas a tus empleados como si ellos marcaran la diferencia, ellos marcarán la diferencia”.
Aplica para colegas, clientes y proveedores. Hoy sigo trabajando con el mismo cariño de siempre, aunque con un radar mucho más fino para detectar a estos Arbeitnehmer agresivo-pasivos.
Recuerda siempre: si te “quitaron” la comida de la mano, es porque el chef siempre fuiste tú.
Ellos podrán quedarse con la mesa llena y los cubiertos de plata, pero tú tienes las recetas, el talento y la dignidad. Y afuera sí hay mucha gente con ética y con hambre de buen trabajo, que sabe decir gracias y valora que tú los veas como una gran oportunidad.
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